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  • 31 ene
  • 1 Min. de lectura

El estilo de Sam Raimi nunca ha sido terreno neutral: o entras en su juego o te quedas fuera. Esta película reafirma por completo esa identidad autoral. La propuesta es explícitamente gráfica, con una violencia estilizada que se mezcla con humor negro en momentos que pueden resultar incómodos para ciertos espectadores. Ese contraste entre lo grotesco y lo irónico es parte esencial de su sello.

La narrativa es arriesgada y la puesta en cámara, inquieta e intrépida, recuerda por qué desde The Evil Dead Raimi dejó claro que no le interesa filmar de manera convencional. Movimientos vertiginosos, encuadres poco ortodoxos y una energía casi caótica sostienen la experiencia. No es un cine que busque sutileza clásica; apuesta por el exceso controlado y por una personalidad visual que no se disfraza.

En contraste, Rachel McAdams aporta un ancla emocional sólida. Su interpretación explora registros menos habituales dentro de su filmografía, mostrando vulnerabilidad y fuerza en equilibrio. Logra destacar incluso dentro de un universo visual tan dominante, y confirma una vez más su versatilidad como actriz.

El resultado es una obra que no pretende complacer a todos, sino reafirmar una visión. Para quienes conectan con el lenguaje de Raimi, es una experiencia intensa y coherente; para quienes no, probablemente será un viaje difícil de digerir.

 
 
 

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